domingo, 26 de mayo de 2013

Untouchable

Todos y todas alguna vez nos hemos sentido intocables. No me refiero a cuando tocas una estrella, empiezas a parpadear, dar volteretas mientras hay lucecitas a tu alrededor y la música se acelera. Me refiero a intocable de verdad.

"Eso a mi nunca me pasará" esa gran frase que tarde o temprano acabamos comiéndonos con patatas o con el acompañante que más te guste, pero te la acabas comiendo.

Hace un par de días descubrí que no soy intocable en una de las pocas cosas en las que más seguro y cómodo me siento: mi trabajo. No soy el primero que se queda sin un trabajo. Ni seré el último, por desgracia para los 6.000.000. de parados y paradas de este precioso y corrupto país. Y cómo país que cada uno entienda lo que quiera, no voy a entrar en debates político-geográficos porque no he venido a aquí a hablar de eso. Estoy muy familiarizado con el rechazo (con el no-rechazo también) Aun así, siempre impacta. Es como estar en un campo de batalla viendo como a todos les atraviesa una bala y tu sigues ahí, de pie mirando mientras piensas "a mi no me pasará". Entonces notas un escalofrío que impacta en ti. Entonces pasas a ser uno más. Pierdes tu inmunidad y tu posición de victorioso frente a los demás. Desde el suelo todo se ve más grande, más alto. Ya no eres una de aquellas grandes torres. Ahora eres un obstáculo en el camino de otros y en el tuyo propio. Arrastrarse es más duro que andar.

No pasa nada, siempre te puedes adaptar al medio. El medio no se adaptará a ti. No importa, la dificultad está hecha para superarla. Lo que nadie nos dijo lo bello que es ser intocable y lo horrible que es dejar de serlo. Igual que nadie me advirtió de lo inquietante que es sentir indiferencia ante tal pérdida de privilegio.


jueves, 16 de mayo de 2013

Eco


Imagínate decir cosas horribles a la entrada de una cueva. El eco seguiría repitiendo eso durante unos instantes. Haciendo que no te olvides de lo que has dicho, sin darte la oportunidad de rectificar ni de pedir perdón. Por suerte el eco cada vez es más débil y acaba desapareciendo. Pero aunque ya no se oiga, tú sabes lo que has dicho y las paredes húmedas de la cueva también. A tu favor está el hecho de que las paredes no hablan, ellas sólo oyen y repiten lo que tu has dicho, pero jamás te responderán. Eso es porque ellas son más sabias que cualquier ser humano y que cualquier animal. Nosotros podemos dejar huella en una pared o papel, ellas no. Ellas absorben todo lo que les cuentan, tanto lo bueno como lo malo.


Creo que mi cabeza está hecha de esas paredes, pero con la especial característica especial de tener un eco permanente. No hay salida posible que haga que ese eco cada vez se haga más débil y acabe desapareciendo. Bueno, si que la hay, pero sólo para las cosas positivas. Porque esas son las que menos duran. Las otras sin embargo siguen ahí desde el primer día, sin dar tregua a que cesen de una vez. A las viejas se le suman las nuevas y allí dentro hay tal jaleo que hace que no puedas distinguir una frase de otra. Sólo la sensación negra que lo invade todo es capaz de distinguirse del resto. Pero ese resto es cada vez más insignificante, acaba en un segundo plano y a la larga acabará siendo absorbido por la negrez que tiene de compañera de hogar.

Es bonito pensar en dar un fuerte golpe, hacer un boquete, y ver como sale todo el humo negro hacia fuera en forma de eco, de esos que se acaban diluyendo en el aire. De esos que no hacen daño a nadie repitiendo una y otra vez lo que has dicho. Puede también que lo bueno que queda, lo poco, se esfumara también. Es un riesgo que habría que correr para intentar deshacerse de lo malo. Pero sin lo malo no puede existir lo bueno, y lo bueno no puede existir sin lo malo no existe directamente.