jueves, 16 de mayo de 2013

Eco


Imagínate decir cosas horribles a la entrada de una cueva. El eco seguiría repitiendo eso durante unos instantes. Haciendo que no te olvides de lo que has dicho, sin darte la oportunidad de rectificar ni de pedir perdón. Por suerte el eco cada vez es más débil y acaba desapareciendo. Pero aunque ya no se oiga, tú sabes lo que has dicho y las paredes húmedas de la cueva también. A tu favor está el hecho de que las paredes no hablan, ellas sólo oyen y repiten lo que tu has dicho, pero jamás te responderán. Eso es porque ellas son más sabias que cualquier ser humano y que cualquier animal. Nosotros podemos dejar huella en una pared o papel, ellas no. Ellas absorben todo lo que les cuentan, tanto lo bueno como lo malo.


Creo que mi cabeza está hecha de esas paredes, pero con la especial característica especial de tener un eco permanente. No hay salida posible que haga que ese eco cada vez se haga más débil y acabe desapareciendo. Bueno, si que la hay, pero sólo para las cosas positivas. Porque esas son las que menos duran. Las otras sin embargo siguen ahí desde el primer día, sin dar tregua a que cesen de una vez. A las viejas se le suman las nuevas y allí dentro hay tal jaleo que hace que no puedas distinguir una frase de otra. Sólo la sensación negra que lo invade todo es capaz de distinguirse del resto. Pero ese resto es cada vez más insignificante, acaba en un segundo plano y a la larga acabará siendo absorbido por la negrez que tiene de compañera de hogar.

Es bonito pensar en dar un fuerte golpe, hacer un boquete, y ver como sale todo el humo negro hacia fuera en forma de eco, de esos que se acaban diluyendo en el aire. De esos que no hacen daño a nadie repitiendo una y otra vez lo que has dicho. Puede también que lo bueno que queda, lo poco, se esfumara también. Es un riesgo que habría que correr para intentar deshacerse de lo malo. Pero sin lo malo no puede existir lo bueno, y lo bueno no puede existir sin lo malo no existe directamente.


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