domingo, 21 de abril de 2013

El síndrome de Ralph


Todos somos especiales. Eso nos dicen de pequeños para no nos sintamos menos que nadie o para que entendamos porqué somos cómo somos: únicos e irrepetibles.

Somos especiales por el mero hecho de ser nosotros. También somos especiales para algunas personas. En algunos casos lo somos para toda la vida, en otros sin embargo, lo somos durante un tiempo determinado. Podemos dejar de ser especiales por acabar una relación con otra persona ( sea sentimental, de amistaT, de trabajo), entonces nos convertimos en una persona, sin la coletilla "especial". En estos casos hemos sido víctimas de lo que yo llamo "especial de necesidad". Ocurre cuando alguien necesita a otro alguien especial, normalmente para algo concreto y con una duración determinada. A muchos nos habrá pasado que hemos conectado muy bien con alguien, algo fuera de lo común, y con el tiempo esa persona está fuera de tu vida y acaba por convertirse en un simple recuerdo.


Nos guste o no, esa persona ha sido especial, y puede que nosotros también lo hayamos sido.

Es de esto de lo que quiero hablar: ser especial.

Parece muy bonito, pero ser especial es igual de duro que ser Spiderman. Me considero especial, no porque tenga un ego por las nubes, todo lo contrario. Me lo han dicho personas especiales y personas no especiales. La reacción ha sido siempre la misma: miedo. Reconozco que tengo muchas particularidades, de buenas y de malas. No puedo hacer balance sobre cuales predominan, creo que necesitaría demasiado tiempo para hacer una lista, y yo no he venido aquí para hablar de eso. 
Me gusta hacer detalles a quien me apetece y a quien creo que se lo merece. Esto puede darse durante un tiempo determinado, con más intensidad o con menos, pero nunca para toda la vida. No creo que nadie sea especial para siempre. No por nada, sino porque depende de como esté yo. Es cómo cuando una camiseta ya no te entra; la camiseta sigue siendo igual, el que se ha engordado has sido tú. Lo que antes era algo normal, ahora se ha convertido en algo estrecho y pequeño. Pero no es estrecho y pequeño, sino eres tú el que está más grande y ancho.

Volviendo a lo anterior, lo que me convierte en especial me sale de dentro. Muchas veces son impulsos, otras (muy pocas veces) vienen de haber estado pensando durante un rato. Soy horrible para los cumpleaños o eventos programados. En cambio puedo plantarme un día en la escuela de una amiga y dejarle un regalito. Con esto no quiero decir que ser especial significa regalar cosas materiales. Para nada. La presión de ser especial es mucho más fuerte que cualquier cosa material. Es tener que estar alerta de lo que ocurre, de decir unas palabras en el momento preciso, en sorprender, en hacer reír, en callar y escuchar...

Ser especial es bonito y aterrador a la vez. Como las mejores cosas, supongo. El único problema de serlo es serlo. Sin quererlo somos especiales cuando nos gustaría más ser un pedazo de carne con sentimientos y habilidades sociales. Pero hay cosas que no se eligen, si son así es porque tiene que serlo. El truco estará en encontrar la respuesta. Respuesta que no quiero saber.


P.D. Lo mismo te crees especial pero en realidad lo que eres es:


sábado, 13 de abril de 2013

Caracol




"Había una vez un caracol que no se sentía bien. Estaba rodeado de familia y buenas amigos, pero necesitaba algo más porque tenía la sensación de que aquello no era suficiente para él. Por suerte para los caracoles es fácil marcharse a otro lugar, pues su casa va siempre con ellos.

Y así lo hizo, partió para vivir mejor. Llegó muy lejos, pero allá tampoco se acababa de sentir bien del todo. El entorno era diferente, los que le rodeaban también, pero la sensación era igual que antes. Volvió a emprender un viaje mucho más lejano, el resultado fue el mismo. Así pasó mucho tiempo, más del que cualquiera hubiera podido soportar. No le importaba el cansancio, su tozudez era más fuerte.

Durante una de sus muchas lamentaciones se le acercó una babosa. Ésta le dijo lo siguiente: 
-¿Aun no te has dado cuenta de que el problema no está en lo que te rodea?

-¿A que te refieres?- Dijo el caracol en un tono sumamente preocupado-

- Por más lejos que vayas, lo que tienes cargado en la espalda te acompaña siempre.

-Pero es parte de mi, no puedo deshacerme de ello.

-Mientras lleves el peso de eso en la espalda, no conseguirás lo que quieres.

-Si me lo quito, moriré. 

- ¿Acaso no estás ya muerto por dentro?"






No quería hacer este cuento, porque prefería hacer algo más eficaz y menos poético. Algo así:

Y cómo un caracol que carga durante toda su vida con su caparazón, yo hago lo mismo con las cosas. No las digiero, me las echo a la espalda y sigo caminando. La diferencia entre un caracol y yo, es que él necesita llevar eso para vivir. Yo en cambio, llevar todo eso hace que vivir sea más complicado.


Sea cómo sea, los caracoles son chachis.



jueves, 4 de abril de 2013

Cor

Ahora mismo noto como el corazón me oprime el pecho. Tengo la sensación de que quiere salir disparado de aquí para ir a un lugar mejor. Un lugar dónde pueda estar tranquilo y vivir feliz.
Aquí dentro se tiene que sentir frustrado; cumple su función de bombear y de mantener vivo el cuerpo, nada más.

Como un trabajador en una cadena de montaje, sin aspiración a algo más, pero trabajando.
Él se merece algo mejor. Y no porque sea el mío, sino porque cualquier corazón se merece algo más. Incluso los corazones más castigados por culpa del colesterol necesitan un motivo por el que seguir ahí, aunque a su dueño o dueña no le importe estar maltratándolo.

El corazón no es rencoroso, pero si que tiene memoria, y en mi caso, eso es lo que le hace querer buscar su destino en otro lugar. Y las cicatrices. Las cicatrices están para recordarle todo lo que le ha pasado. Lo que en su día fueron algo doloroso ahora es sólo una imperfección superficial. Superficial a simple vista, porque no hay que olvidar que él tiene memoria. Es como cuando ves una foto de algo que te recuerda algún hecho doloroso. A simple vista es una foto, pero detrás esconde más cosas que no se perciben.

Quizás el dolor del recuerdo es lo que le hace querer dejarme atrás. Nunca lo he hablado con él. Está claro que si el se marcha, yo dejaré de ser yo. Hecho que no me preocupa demasiado teniendo en cuanta que hace tiempo que yo no soy yo. Y en el caso de serlo, el que se quiere ir corriendo de aquí, soy yo.